Chavela: Un corazón para un mundo roto

(Reseña de cine)

Por Ramiro Guevara (La Madriguera)

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Muchos han sido los espíritus artísticos que han hecho, a través de sus piezas, homenajes honestos a la soledad y el sufrimiento que provocan los tormentos del amor. Desde la literatura en Alfonsina Storni, Charles Bukowski o Pablo Neruda, pasando por la plástica como los pintores expresionistas o modernistas (Edward Hopper, Edvard Munch, entre otros) e incluso el cine contemporáneo: Sofia Coppola, Wong Kar-wai, Spike Jonz, etc.

La música no se queda atrás. La nueva canción latinoamericana fue un movimiento regional que se gestó a inicios de la década de los años 60´s, el cual como la mayoría de movimientos de índole popular, fue irreverente y a la vez romántico. Sus intereses eran la consolidación de una respuesta artística frente a los aires de represión estatal y desigualdad social que muchos países vivían. En el seno del movimiento nacieron personajes talentosos pero incómodos para el poder, como Amparo OchoaVíctor JaraSilvio RodríguezMercedes Sosa, el dúo Pedro y Pablo o la agrupación Inti-Illimani

La nueva canción no se racionaliza como un género particular, sino como un movimiento que integró mezclas sonoras de orígenes varios: folk, tropical, bolero, andino e incluso chispas de rock´n roll. Una suerte de coincidencias generacionales. En México, antes de que se popularizara el término nueva canción, ya a inicios de los años 50´s se escuchaba una voz ronca, furiosa y novedosa que escandalizaba. Aquella voz tenía un cuerpo, una mente y un documento de identidad, pero estos tres elementos, para la sociedad en la que nació, no correspondían a las interpretaciones y reclamos que hacía a la hora de unir su voz a la de la guitarra. 

Tan maldita como santa fue la pionera Chavela Vargas. Y así, tan intensas como sus canciones, es el documental -disponible en Netflix- que recoge una de sus más fieles semblanzas: Chavela (2017) de las directoras Catherin Gund y Daresha Kyi. Este documental tuvo su estreno en el 67 ° Festival Internacional de Cine de Berlín bajo la sección Panorama Documental, en cuyo manifiesto dice que integran películas explícitamente queer, feministas y políticas. 

Fotograma retomado del documental: Chavela pasó sus últimos años reflexionando acerca de su trabajo y la huella que dejaron sus amantes lesbianas en su vida.

Chavela no es sólo el retrato de una mujer latinoamericana imprescindible, sino que es también el retrato de una época, o más bien, de los fantasmas de una época. Una en la que recién y acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial, una en la que recién y se empezaban a instaurar las reglas de una sociedad patriarcal en la que se rendía culto a la sagrada familia norteamericana (heterosexual), aquella de inicios de los 50´s en donde las mujeres debían permanecer en casa efectuando las mágicas tareas domésticas, mientras que los hombres, como en la recién guerra, debían salir a pelear la batalla del mercado y el mundo laboral: Vender, vender, llevar sustento al hogar, pero sobre todo vender. Vender y poder comprar mucho: como mínimo un auto último modelo, una casa (grande, para los futuros hijos), joyas, ropa de moda, una aspiradora supersónica para la buena esposa, ropa elegante para ir a la iglesia. En fin, la génesis de una sociedad tradicionalista, como bien lo retratan Matthew Weiner en la serie Mad men (2007 – 2015) o Sam Mendes en la sofocante película Revolutionary road (2008), basada en la novela homónima de Richard Yates

Los años dorados, decían. Así eran las aspiraciones del país vecino al norte de México en la época en que Chavela empezó a cantar rancheras y presentarse en los bares y auditorios vestida como nunca lo hacía una mujer de su época: usando pantalones, botas, camisas de manga larga, poncho encima y parafernalia de pistolera. 

Fotograma retomado de la cintaChavela en uno de sus últimos conciertos en México.

El documental repasa desde su dolorosa infancia en San Joaquín, Costa Rica, de donde fue oriunda, con padres conflictivos y desentendidos, atravesando sus primeros años en México, país al que llegó a sus 17 años tras solicitar la nacionalidad, hasta atestiguar sus crepusculares etapas redimida como una de las más importantes intérpretes musicales latinoamericanas, pero también una mujer frágil, sensible, incomprendida, desamada y alcohólica. 

Turbulenta, grave, triste, mágica. Así la describen declaraciones de personas cercanas y familiares a Chavela que aceptaron ser entrevistadas para el documental. Lejos de los interesantes anécdotas que comenta Pedro AlmodóvarJuan Manuel Serrat o su pareja más duradera y quien fuera su abogada, Alicia Elena Pérez Duarte, la verdadera joya que presupone el film es el material de archivo al que Gund y Kyi tuvieron acceso, en el que se incluyen entrevistas y audios íntimos de la artista, para así poner a la propia Chavela Vargas a narrar su vida, obra y perspectiva. 

Qué bendición de Dios más bonita es haber nacido mujer”, dice Chavela con orgullo y determinación en uno de los materiales de archivo. Una frase que alumbra las angustiosas historias de violencia feminicida en América Latina. Y más aún, una respuesta que conecta perfecto con la reivindicación del sector femenino en la Kabul del 2021, dominada por los talibanes y con lo que eso presupone: inflexibilidad de derechos y libertades ciudadanas. 

La mujer que se acostó con muchas otras. La mujer que tuvo como norma no decir el nombre de sus grandes amores, y sin embargo describe a una de sus amantes –Frida Kahlo– como un ser venido de otro mundo, con sus cejas semejantes al vuelo de una golondrina. El espíritu de esa mujer, mucho más allá de su contribución en la música popular mexicana, es hoy más que nunca un símbolo radical de las luchas contra el odio a la diferencia. En el documental queda claro que ante las vicisitudes de la vida, el deseo de libertad permanecerá en quienes así se lo propongan. Homosexuales, mujeres, minorías sociales, todos aquellos excluidos por las garras de la historia acabarán redimidos por la misma. Y ese mensaje será su mayor legado.