Sovdagari: Los escombros de una región cuya moneda de cambio es la patata

Por Ramiro Guevara

Nueva reseña de cine en @lamadriguera.sv: En esta edición hablaremos del primer cortometraje documental de la directora georgiana Tamta Gabrichidze. Ganadora del premio del jurado en @sundanceorg en 2018 y disponible en @netflixlat

Tamta Gabrichidze es una documentalista oriunda de Tiflis, la capital de Georgia. Georgia es un país que desde 1991, dejó de ser parte de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Se encuentra en medio de las fronteras que hacen colindar a Europa Oriental y Asia Occidental. Con una economía disfuncional, este pequeño país, intenta poco a poco, ir saliendo de los estragos que ocasionó la disolución de la URSS en el siglo pasado.

Es en ese frío y remoto lugar, encontrado en la costa del Mar Negro, en donde nos ubica el primer corto documental de Gabrichidze producido por Netflix. Con tan solo 23 minutos de duración, Sovdagari o The trader (por su traducción al inglés, lo que al castellano sería equivalente a El comerciante), nos introduce a la incierta vida rural de las aldeas remotas de un país que de por sí, ya está escondido.

El hilo conductor de esta propuesta, son los pasos de un vendedor ambulante que viene desde Tiflis, ofreciendo todo tipo de objetos y artículos (papel de baño, herramientas, ropa usada, conejos de goma a prueba de fuego para niños, bufandas, jabones, zapatos, aspiradoras para el cuerpo, carteras, esponjas y la lista sigue), a pobladores campiranos de una Georgia que arroja preguntas urgentes sobre la realidad de muchas comunidades, que aún en el siglo XXI, están acechadas por la desigualdad y la crisis social (o resaca) de un pasado que no deja sanar. 

Mujeres obreras discutiendo sobre la libertad de usar o no maquillaje; un niño y una vaca corriendo en medio de una calle empedrada, por donde los autos circulan con sus focos encendidos; una partida de póker después de dos días vendiendo papas, son algunas de las estampas, que la directora archiva para tejer una red de hechos, que responden a un llamado de atención sobre la redefinición de la pobreza y el impulso de resistencia ante un mundo resquebrajado, cuyos habitantes se atreven a festejarle a la vida.

En 2018 fue el debut de la directora georgiana, con esta ópera prima, que en el Festival de Cine de Sundance de ese mismo año, se hizo merecedor del premio otorgado por el jurado, al mejor cortometraje documental. 

La pieza de Tamta es transparente en su estilo y contenido, al evidenciar la mirada íntima de su autora, puesta en espacios en donde el presente, se expone como la sombra de otros tiempos que quizá no fueron mejores, pero sí que están todavía transitando entre las nuevas generaciones. Por ejemplo, la caída de las utopías de tiempos anteriores.

En el recorrido nómada del comerciante a quien sigue la cámara de Tamta, nos encontramos con casitas de madera y piedra -que parecen salidas de cuentos nórdicos, pero con un estilo post apocalíptico -en medio de praderas fangosas y pirámides de paja, donde la modernidad, en un sentido de bienestar occidentalizado, está truncada. Los espacios, como bien dice uno de los pobladores, dan la sensación de pertenecer a otra época. A una donde el tiempo está congelado.

Fotograma retomado del corto-documental: La vida es incierta. En Georgia el futuro es tan parecido al pasado como al presente. El tiempo, parece congelado.

Sin intervención de una voz en off que narre o describa lo que vemos, el documental se cuenta desde las propias voces de las personas que habitan estas casas que están a punto de caerse, pero que, sin embargo, no dejan de ser hogares y refugios para familias campesinas.

En estos encuentros, somos testigos de las condiciones en las que se encuentran muchos pobladores, que a raíz de la extrema pobreza, heredada de los conflictos políticos del siglo pasado, han tenido que convertir a la papa -sí, el tubérculo -en moneda de cambio. 

El comerciante es otro más de esos cohabitantes olvidados, que aceptan algunas libras de papa por alguno de los artículos que tiene en venta. En la ciudad, la papa se puede vender a un mejor precio, pero en las aldeas foráneas, la verdura es en sí misma la moneda. Tanto para re-venderla como para alimentarse. El Laris georgiano, la moneda local, así como los dólares o los euros, resultan mucho más difíciles de canjear que las patatas. 

La fotografía que produce Gabrichidze de la mano de Vano Andiashvili, además de ser intimista, resulta hipnotizante y reveladora. El documental se adentra en postales naturalistas, que contemplan la brumosa vida cotidiana de personajes fantasmagóricos, tanto jóvenes como viejos, que ocultan sus sueños tras jornadas laborales de recolección de papas en las plantaciones, o de niños sucios que se mecen en columpios oxidados, o de ancianas cuyo futuro es tan incierto como sus tiempos de comida.

Los planos generales de los ambientes, en contraposición con algunos cerrados y de cámaras fijas, ayudan a profundizar en detalles tanto físicos como metafísicos que se filtran en la mirada del espectador; como por ejemplo, la percepción del tiempo, la descripción de relaciones entre ecosistema y seres humanos, o la incorporación de un diálogo que vislumbra el temple de los personajes. 

En este sentido, el factor técnico y de edición, es clave para crear efectos precisos en la narrativa y desde luego, las sensaciones tanto visuales como sonoras que genera el documental.  

Las imágenes están acompañadas por la musicalización de Gigi Chipashvili, con una intensidad poética muy particular. Las notas melancólicas de un piano nos deslizan por la idea sonora de que estamos viendo la vida de un país olvidado.

Fotograma retomado del corto-documental: En su primer corto documental, Tamta decide colocar su mirada ante las ruinas pobladas de su natal Georgia, repleta de personajes marginales que esperan por un resquicio de esperanza.

El relato de los pobladores que comercian con patatas en la Georgia rural, contiene un espíritu, que si bien se alimenta de una base contextual  muy concreta, resulta bastante universal y adaptable a muchas otras realidades de diversas latitudes. 

La cualidad universal de esta cinta, recae en un aspecto que va, desde luego, más allá de los andamiajes técnicos: La empatía y la ternura, que es capaz de encontrarse aún en los ambientes más opacos. La sensibilidad hacia la condición humana y las lecciones históricas, son un timón que desde el vamos, notoriamente han hecho a la directora, elegir contar esta historia y no otra.

Algunos podrán decir, que de todos modos, Tamta es originaria de Georgia. Claro que podemos coincidir que el acercamiento a este mundo, pudo haber resultado relativamente más sencillo para la documentalista, por este factor, pero quiero reiterar y reconocer, que no es obligación para un director o directora de cine, limitar sus historias o su atención, a la zona geográfica que le parió, sin embargo, en esta ocasión, esta peculiar atención por el país de origen, da justamente una lectura mucho más profunda de esa región, que vista con la mirada de Tamta, la cual es aguda pero sostenida con la equilibrada distancia de una documentalista (es decir, persona que narra la realidad y no tiene control de ella), propone interrogantes que traspasan fronteras geográficas y temporales. 

La coincidencia de la realización y proyección de Sovdagari, con uno de los conflictos políticos más dramáticos que han existido en tiempos contemporáneos, me refiero a la guerra entre Armenia y Azerbaiyán, la cual se reconoce en distintos momentos (1988-1994, 2016 y 2020), por estar geográfica e históricamente cerca de Georgia, (o bien, Israel y Palestina) pone de manifiesto la urgente necesidad de atender el debate, sobre la implicación de nuestras realidades económicas e identitarias, en lo colectivo e individual.

Narrar la supervivencia en la actualidad, como punto de partida para reconocer a un mundo en donde aún falta mucho trabajo por hacer en temas de justicia social, y cuya diplomacia no es suficiente para entender los problemas que atraviesan a nuestras generaciones actuales, es sólo una de las muchas impresiones que nos deja esta cinta, corta pero inmensa.

Póster alternativo para la difusión en Netflix del corto-documental Sovdagari (The trader).

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