Un desafío ante el COVID-19

La pandemia ha vuelto un imperativo la actualización del sentido común”.

  • Por Dr. Aldo Hernández Aguilar

Alguien ha dicho: “el sentido común es el menos común de los sentidos”, aludiendo a la verdad sobre el actuar de muchas personas, las cuales parecieran ignorar nociones básicas y convencionales del comportamiento humano, es decir, se conducen en la vida sin aprender aquello elemental para comportarse acorde a una situación determinada, conductas no aprendidas en la escuela de la vida cotidiana, tales como: preguntar ante una duda; pedir ayuda al enfrentar dificultades; solicitar permiso para ingresar dentro una propiedad ajena; corresponder un saludo; imitar lo que se observa en un lugar o situación desconocida, contar el cambio recibido,  luego de un pago, revisar los productos antes de comprarlos, cubrir la nariz y boca al estornudar, por mencionar algunas.

Si estas acciones son ignoradas o violentadas por niños o adolescentes, no hay escándalo, simplemente asumimos que es parte de su inmadurez y nos repetimos: “están aprendiendo aún”, sin embargo, si las presentan en cierta edad de la adultez, les catalogamos como: torpes, distraídos, inmaduros, inadaptados sociales o hasta sospechamos que hay algún problema del desarrollo y recurrimos a la frase “no es muy normal”, refiriéndonos indirectamente al padecimiento de un retraso en el crecimiento.

Lo anterior, hablando de temas cotidianos, donde cada conducta del diario vivir se evalúa desde el sentido común, es decir, esa brújula construida socialmente que dicta lo que se considera aceptable. Dicha guía se calibra con instrumentos tales como: experiencia cotidiana, religión, filosofía, leyes, costumbres, ciencia, arte, etc. El sentido común se aprende en la vida cotidiana por imitación, casi espontánea y automática.

Cabe aclarar que nos referimos al sentido común general independiente del estudio formal alcanzado, donde al someterse académica y científicamente a la revisión de la realidad se perfecciona a un nuevo y particular sentido común; una forma de especialización del mismo, asociadas a la adquisición de aptitudes y actitudes, ampliando la perspectiva y desarrollando criterio. Eso permite la facultación de las personas para tomar decisiones inmediatas y oportunas en situaciones específicas. Eso sucede al ejercer ciertos oficios y profesiones.

Lo anterior expuesto es importante resaltarlo y detallarlo en este contexto sanitario, donde el SARS-CoV-2, virus de la pandemia de la COVID-19 ha invadido indiscriminadamente cada aspecto cotidiano de la sociedad y la humanidad, haciendo necesaria no solo la revisión de comportamientos, sino la reformulación de la conducta y hasta eliminación de pautas arraigadas culturalmente.

La pandemia ha vuelto un imperativo la actualización del sentido común. Ya no solo se trata de cumplir indicaciones clínicas, epidemiológicas o de salud pública, sino de transformar un esquema psicosocial tanto individual como local. Es ir en contra de la inercia cultural que por siglos se ha transmitido de generación a generación.

Si el sentido común dicta que hay que saludar de abrazo a quienes amamos; estrechar la mano a las amistades; estar a menos de dos metros de las personas conocidas con quienes conversamos; platicar a viva voz durante comemos; tocarnos constantemente nariz y boca; entre otras acciones lógicas en nuestra interacción humana, ahora todo ello se constituyen medios inequívocos de contagio de tal enfermedad.

Basado en lo expuesto inicialmente, afirmando que el sentido común es una construcción social, se puede por tanto, destruir y reconstruir en un sentido común acorde a la nueva realidad, solo así, se dará un paso a la nueva normalidad.

Un primer paso para la actualización del sentido común ante tan grave situación de salud pública es una vacunación masiva de educación en todas las esferas que conciernen directamente a la niñez y a la adolescencia, segmentos poblacionales clave para la renovación de un nuevo sentido común. Enfocar todas las instituciones sociales, desde la familia, la religión, economía, política, educación, en una esmerada y genuina crianza en salud hasta en el más mínimo detalle de la vivencia humana desde edades tan tempranas como la de los lactantes.

Otro paso fundamental, es desarrollar ejes transversales, en cada organización estatal o no, para promover una vida saludable, a manera de políticas integrales de convivencia en salud.

Finalmente, aunque resabido, es necesaria, importante, y casi urgente una verdadera ley integral para la prevención de la COVID-19, con su reglamento y respectivos protocolos. Sin omitir las infaltables multas.

No basta recomendaciones de prevención sino una transformación a un nuevo sentido común, solo así sobreviviremos a esta amenaza humana, principalmente los más vulnerables.

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