Cartografía sonora de una pandemia: el ruido que no le pertenece a nadie

“El cacerolazo despertó”

  • Por Ramiro Guevara

Estábamos desprevenidos cuando el cacerolazo despertó. De pronto se activó, en efecto dominó, una horda de sonidos estridentes: claxon ininterrumpidos de autos, ecos de cacerolas perdiéndose entre el mar de pitos, vuvuzelas, y alarmas  de toda índole, haciéndose presentes y avivando la noche. A las ocho de la noche, algunas personas salen a sus puertas, a sus ventanas o entran a sus carros para hacer ruido. Se genera un laberinto caótico de abatimiento auditivo. Es el sonido del descontento. Pero no sólo eso. 

Los primeros en hacerlo fueron los italianos, desde luego, el contexto es otro y por tanto las razones también. Luego vinieron los brasileños a decirle a Bolsonaro que se sentían angustiados a través del mismo acto. De nuevo, el contexto y las razones eran diferentes. Aquí, en nuestro pequeño país, también sucede porque hay que decirle de alguna forma al gobierno y a la empresa privada, que la gente teme caer en hambrunas porque la economía se tensa en un drama que todavía no llega a su clímax. Este, al menos, fue el objetivo inicial. 

La campaña HACÉ BULLA, divulgada por el Movimiento Por un Mejor El Salvador, iniciativa que presunta y míticamente, según diversos señalamientos en redes sociales, tiene su génesis en un grupo ciudadano que en algún momento apoyó tanto a la derecha como a la vieja izquierda, se responsabiliza hoy por la agitación ocasionada gracias a la divulgación de esta protesta efectuada desde la casa. Protesta que una vez más, ha generado debate y polémica entre vecinos y vecindades. 

Estamos frente a un fenómeno simbólico, político y ciudadano. Criticar o no las acciones, únicamente por sus orígenes, a lo mejor implique dejar de lado otras circunstancias que alimentan las razones del cacerolazo. Si algo nos quedó claro con las últimas caravanas del 2018, es que la acción popular se transforma y acaba convirtiéndose en una fusión de elementos que se salen de control y retornan a los contextos. Es decir, el signo, el hecho, significa diferente y se vive diferente desde cada individuo y desde cada región. El efecto dominó llega, acarrea gente, pero no siempre es el mismo objetivo. Es un rebaño que se bifurca en senderos borgeanos

El cacerolazo representa más que un descontento ciudadano frente a un gobierno, o frente a una persona. Son muchas las lecturas que precisa hacer de este fenómeno. Está claro que el COVID-19 vino a proponer un espacio temporal, donde las relaciones políticas, y por tanto sociales, han cambiado o mutado; desde el live que hacen nuestros artistas en sus cuentas de redes sociales, hasta la convivencia con el trabajo y los estudios. Bajo este contexto, el reclamo es también una celebración. Es la comunidad que se olvida del Movimiento Ciudadano para volcarse a sus propias angustias, a sus propios ritmos como instrumentos dentro de una orquesta que pide ayuda, para que la economía no se desplome, para que los derechos humanos no se violen, para que el diálogo mejore, para que apoyemos a nuestro personal médico, para darle ánimos a quienes quieren hacer cambios reales y radicales. 

El cacerolazo termina siendo un libro como Rayuela, que nos lleva de un lugar a otro sin un orden específico, que tiene una génesis, pero se pierde en la marea, y deja de pertenecerle a los agitadores, a quienes hicieron los panfletos, a quienes organizaron las palabras y le pusieron nombre a la protesta. El cacerolazo no es de nadie, he ahí el verdadero triunfo. La apropiación popular. Es de todas y todos los que buscan expresar sus emociones en tiempos de pandemia. Es la interacción social que internet no puede hacer por sí mismo. Es el lenguaje colectivo de la incertidumbre traducido en estruendo. 

Unos participan y otros no. Las razones son varias, así como los objetos que se usan para generar el ruido. Claro que es imposible obviar que hay un reclamo hacia el sistema, pero cuando nos sentamos a platicar sobre quién es ese sistema, nos podemos encontrar con más de quinientos años de historia que nos ha traído hasta el lugar en el que estamos. Porque de pronto, las acciones de la gobernanza, van más allá y responden a una tradición de mandar y hacer cumplir. Y creo que fundamentalmente, es eso a lo que se ataca. 

Nuestros sistemas económicos están desquebrajados, porque es insostenible la vida que actualmente llevamos. La gran mano invisible del mercado hoy también es una gran pierna invisible que nos hace puntapié, porque la brecha social se ensancha y la gran empresa se desmorona de poco en poco, pues juntos construimos relaciones con el otro basadas en capital, en materialidad, en oferta y demanda y es ella la que nos ha regido al lado de sistemas políticos y religioso. La afamada frase de Nietzsche que dice: Dios ha muerto, y nosotros lo hemos asesinado, toma mucho más sentido si jugamos con ese concepto de dios. Dios-dinero-economía, está muriendo, porque nosotros lo creamos y de la misma forma, hoy lo estamos matando. 

Pero descuiden. Ese dios nunca morirá. Sólo agoniza y mata, pero no muere. Renace como el ave fénix. Reencarna de cierta forma. Para bien y para mal.

Resurge como esta sociedad que se detiene para salir a las calles y hacer ruido. El cacerolazo es una expresión genuina, adolescente, abonada por múltiples egos que se rompen entre sí. Como sociedad, es sano equivocarse y también acertar desde la expresión popular. La noche del cacerolazo fue la noche en que una virgen sobrevoló la ciudad en helicóptero, arriba de comunidades empobrecidas y demacradas por la violencia. La noche del cacerolazo es la noche en que recordamos que somos seres políticos, y que la política no sólo se hace en las urnas cuando vamos a votar. Pues optar por no hacer ruido, también es una postura política. 

En esa noche nos reconocemos, nos hablamos y le hablamos a quien queramos hablarle.  

El ego del cacerolazo se destruye a sí mismo, cuando un par de nenes agarran sus silbatos y las hoyas de su madre, porque piensan que hay una hora de la noche en que los adultos vuelven a ser niños. Y los niños no se quejan. Festejan, juegan a los vaqueros encacerolados porque su mundo es otro. El cacerolazo se disipa cuando la señora que no tiene internet, escucha a lo lejos el ruido, y se pregunta: ¿quién estará perdido?; el cacerolazo se re-significa cuando la diáspora ve los videos en Instagram e inician el diálogo, no sin una pizca de añoranza por la tierra que dejó atrás. 

El cacerolazo no es sólo una queja. Son muchas emociones y acciones, pero ante todo, es un mapa, un paisaje sonoro y un espejo, y en él están los reflejos, de hasta los que se quedan en silencio. 

Cuando el ruido acabó hubo contestación: vino la lluvia. 

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