…Y de pronto el mundo se enfermó

Sobrevivir a un virus: una forma de resistencia. 

  • Por Ramiro Guevara

Alguien sugería que la enfermedad se debía a algún encantamiento de brujas, o a magia negra perpetrada por extranjeros o peregrinos de paso, y en seguida individuos inocentes, pobres viejas dementes o inmigrantes no integrados eran inmolados entre crudelísimas torturas.” 

-Francisco Crussí (“La epidemia: una perspectiva histórica”,  Publicado en Letras Libres, Junio 30 del 2009.

En un pequeño país. Centroamérica. Navidad del año 2019.

Esas son las coordenadas necesarias para entender una marea de hechos, que, entremezclados, nos sitúan en el hoy, en lo que en palabras del documentalista João Moreira Salles sería “el intenso ahora”. En esta nube espesa que atraviesa múltiples condiciones del espectro humano.

El río de la posguerra ha desembocado en un capítulo que, me parece, será recordado particularmente en el futuro: la pandemia del siglo XXI. La periodista Naomi Klain definiría esta coyuntura como un “estado de shock”, siempre eficaz para desestabilizar poblaciones. Un estado de shock es aquel momento en el que algo extraordinario sucede a niveles colectivos y genera miedo e incertidumbre, y obliga a tomar medidas que cambian, radical o superficialmente, el modo de operar de las sociedades o grupos específicos dentro de las ciudadanías. Ejemplos que da la propia Klain: golpes de Estado, terrorismo, ataques militares, crisis por causa de desastres nucleares o naturales.

La víspera de la navidad de 2019 estuvo acompañada de expectación acerca del nuevo Gobierno de El Salvador. Todas las personas se preguntaban qué sería de los cambios generados por el Gobierno, liderado por el partido Nuevas Ideas.

El contexto en general ya estaba agudizado y convulso por múltiples hechos: la resaca de las caravanas de 2018 y todas las posturas que generó en redes sociales, la crisis de las izquierdas en América Latina, la implacable tensión del crimen organizado en fronteras y la emergencia (¡otra vez!) de la intolerancia de las representaciones de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos.

Con todo eso llegamos a febrero de 2020. La Asamblea Legislativa fue, literalmente, tomada por el Ejército Nacional. Esto, como medida de presión para que la cámara de diputados aprobara el presupuesto destinado al Plan Control Territorial, ese plan que invierte en armas y cámaras y cosas que suelen ocuparse en las guerras.

Después se vino marzo y los feminismos salieron a las calles a proclamar lo que siempre se ha callado. Un poco de luz entre tanta oscuridad. Despertares tempranos y a la vez tardíos. Desarrollo de posturas que van contra todo lo que no nos deja expresarnos y convivir sanamente, sin violencias ni represiones, ni estigmas, ni nada que nos devuelva los ríos inmensos de sangre en las calles, en las historias que habrá que contarle a los que no han nacido, en el imaginario que algunos queremos limpiar, haciendo esto o lo otro. Escribiendo, creando, investigando, enseñando, dialogando, o simplemente reconociendo lo múltiple que es la vida y sus formas y sus derechos de ser y estar.

Pasó eso y de pronto el mundo se enfermó. Así nomás. COVID-19, el SIDA del siglo XXI, o peor, en el sentido mediático de la palabra. El mundo empezó a encerrarse, y los animales comenzaron a llegar a las ciudades vacías de Europea e India, habitando el espacio que han arrebatado los hombres civilizados.

Así estamos. En una distopía extraña, en donde el campo de juego, de trabajo, o batalla, se amplía cada vez más, tal cual lo propone el autor Michel Houllebecq. Se amplía porque el peligro, dicen los medios, está en todas partes. Y de hecho sí: en la economía, en la salud, en la soberanía alimentaria, en la seguridad, en la libertad de tránsito, en la libertad de reunión y convivencia.

Es la lucha contra el sistema insostenible que nos exprime los bolsillos, es la lucha contra la violencia diaria que aqueja a muchas personas en la marginalidad de nuestros países del tercer mundo, o sólo por ser diferentes. Es la lucha contra una enfermedad que se propaga rápido y que ya muchas señoras religiosas andan catalogando como una de las plagas del nuevo Egipto.

Es de nuevo la crisis migratoria, pero esta vez también en Grecia, los brotes invisibles de dengue en América, los conflictos armados de Medio Oriente, nunca apagados.

Y otra vez, son los chispazos de luz de los movimientos indígenas que hacen cadenas de mensajes de amor en radios comunitarias, son de nuevo los movimientos sindicales exigiendo que no se olviden de ellos durante la crisis, son de nuevo los recordatorios de que el patriarcado es un enorme virus que hay que atacar.

Todos estos hilos conviven en la memoria de estos días. Sin embargo, está presente el factor de otro virus que es un poco ruidoso: el virus del pánico.

Un pánico difundido por los discursos de prevención-control, un pánico generado por las falsas noticias, que, afortunadamente, ya se están considerando crímenes. Un pánico que atiende a una situación real, pero que al mismo tiempo hace que nos desatendamos de otras cuestiones fundamentales. El sentido de comunidad, por ejemplo. La empatía por aquellos que no pueden simplemente quedarse en casa, porque si no salen a trabajar, no pueden tener algo en los bolsillos para comer, comprar medicinas, comer y volver a trabajar. Gastar en el transporte público, hacer de los pasillos tambaleantes de los buses la primera oportunidad para vender cualquier cosa, a veces dulces, o ropa, o cosméticos, y así hasta llegar a la etiqueta que nos puso el poeta Dalton: “los vendelotodo”.

Muchos trabajadores del sector informal deben trabajar para seguir trabajando, y tener algo para subsistir, y retener los fuertes deseos de emprender otra caravana hacia los Estados Unidos, que también está en crisis financiera por el coronavirus.

En el 2009, el patólogo y ensayista Francisco Crussí, publicó un artículo en la revista mexicana Letras Libres, titulado “La epidemia: Una perspectiva histórica”, en donde desgrana el desarrollo de lo racional y lo irracional, como lo positivo y lo negativo, que no pueden existir sin el otro, a través de la obligación impuesta por los temores colectivos que generaban las anomalías que atacaban al cuerpo humano y lo debilitaban, debilitando a la vez el funcionamiento de la sociedad, porque desde hace mucho se fundaron mitos sobre una sociedad llena de peones y castas y fronteras, y los trámites que permiten la conexión de estos se ven afectados por estas anomalías: brujerías, pestes, maldiciones, o virus, como se conoce hoy.

(Algo importante es que en estas problemáticas, siempre, hay un discurso hegemónico que busca culpables y quiere castigarlos. También, debajo, o en los márgenes de ese discurso oficial, hay gente que acaba peor, porque los virus masivos llegan de diferente manera: atacando la economía o la salud, lo primero puede llevar a lo segundo, y viceversa).

Anclado a la cuestión del desarrollo técnico por presiones de la amenazante naturaleza, para curar enfermedades, para fortalecer los hogares, para transportarnos, comunicarnos, etc., siempre hay también una relación fundamental entre nosotros, y el mundo natural. Una relación que a veces se intoxica, o mejor dicho, se intoxica casi siempre, porque los virus y su propagación mucho tienen que ver con esa relación que hay entre humanos y naturaleza. Entre sociedad y vida salvaje.

Espere la continuación de este artículo escrito por Ramiro Guevara.

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