El final de la novela Tierra Americana

“Todos llevan su propia historia de sufrimiento a bordo de ese tren rumbo al norte

  • Por Ario E. Salazar

Otro de los problemas técnicos de la novela es que tampoco pondera ni se esfuerza por crear contexto sobre las razones de la emigración centroamericana hacia los Estados Unidos. Se desaprovecha la oportunidad de arrojar una pizca de luz siquiera sobre la desastrosa complicidad del gobierno estadounidense en la época de los ochenta y los noventa junto a los militares y las oligarquías de la región. Hechos históricos innegables que culminaron en la profundización de la miseria, la impunidad, la debilidad de los órganos del estado en sus áreas de competencia, haciendo de nuestros países territorios fértiles para la deshumanización y el hambre, la tala y degradación espiritual y ecológica, con el gravamen del empoderamiento de las pandillas y el crimen organizado en todos los estratos de la sociedad.

Al despenicar las historias de Soledad y Rebeca, las hermanas hondureñas que en su experta clandestinidad serán de vital importancia en la trama y en el esperado final feliz de la novela, Jeanine Cummins no aprovecha para ilustrar con profundidad los motivos generacionales que han llevado a su país a convertirse en un estado fallido, circunstancias que ponen a estas bellas muchachas en acción sobre el lomo de ‘La Bestia,’ decididas a todo por rehacer sus vidas en el estado de Maryland.

En el relato de la tragedia de la muerte del padre de las hermanas perfectamente se abría la posibilidad de ahondar sobre la historia de Honduras y de toda la región, pero de nuevo, sólo encontramos una chatura que desencaja, algo rezagado entre bastillas. Mejor hubiera sido no abrir ese lío en el relato. El personaje de un astuto joven desleal y pendenciero que persigue a Lydia y a Luca a distancia fingiendo haberse salido del círculo de sicarios de ´Los Jardineros´, el odiado ‘Chacal,’ y el personaje del ‘Coyote’ (aunque ambos sean secundarios) quedan perfectamente tallados, revelados de manera tal que son imprescindibles en el ritmo compacto de la novela. La ternura, la jovialidad, la más humilde y entrañable solidaridad expresada en la obra aparece en el personaje de Beto, un niño bizarro, original, puro, lleno de luz y de gracia, un elemento sin el que nuestros héroes no alcanzarían jamás su cometido.

De la traducción podemos decir que está realizada casi a la perfección, excepto por las constantes fes de errata con la palabra ‘cártel’ que plaga toda la novela, y el uso del vernáculo mexicano ‘carriola’ para hablar del coche de un niño. Por lo demás, la traducción está hecha con destreza e informa al público de habla hispana sobre vocablos muy poco usados, pero útiles, como las palabras ‘melé de rugby’ o como cuando se habla de ‘una hogaza de pan caliente’ (focaccia). A parte de eso, los desaciertos son muy contados (como el no conocer la palabra gafete), y algún error tipográfico como es el caso de la página 163, donde se habla de ‘rail tras rail’ en vez de ‘riel tras riel.’ También de vez en cuando aparecen expresiones idiomáticas que fueron traducidas literalmente, y cobran sentido por inferencia, así es que no afecta en mucho su interpretación.

Es una novela conmovedora, ágil, un relato de acción, de travesías, y de grandes momentos épicos, de profunda reflexión y hasta de poesía. Para ilustrar compartiremos un párrafo de la página 204, donde leemos que a sus ocho años Luca reflexiona así:

“Conforme Rebeca le revela a Luca los retazos de la historia que conoce, él comienza a comprender que eso es precisamente lo que todos los migrantes tienen en común, la base de la solidaridad que existe entre ellos. Aunque vengan de lugares y circunstancias diferentes – urbanas, rurales, de clase media, pobres, educados, iletrados, salvadoreños, hondureños, guatemaltecos, mexicanos, indígenas-, todos llevan su propia historia de sufrimiento a bordo de ese tren rumbo al norte.”

Esa es una revelación profunda en el alma de un niño de ocho años. Todos los pasajeros de ‘La Bestia’ han perdido un mundo, algo infinito, quizá hasta un paraíso, y eso les ha abierto un agujero en el pecho, un vacío y una herida indecible que ya nada podrá curar. Eso lo sabemos nosotros; la reflexión de Luca va acorde con su edad. Otro momento de reflexión pura y poética lo encontramos al centro de la página 401 donde en un instante de terror, atemorizado de perder todo lo logrado después de kilómetros y kilómetros de supervivencia, Luca se esconde entre los riscos y se paraliza de miedo para no ser descubierto por unos sanguinarios vigilantes gringos, y nuestra autora describe el momento con estas palabras:

“Luca echa raíces en la tierra. Ni una sola parte de su cuerpo hormiguea o se contrae porque su cuerpo ya no es un cuerpo, sino una losa de piedra nativa de ese lugar. Ha estado inmóvil en ese lugar durante milenios. El árbol de garrya creció de su columna, las plantas autóctonas florecen y mueren alrededor de sus tobillos, los chingolos zorrunos y los praderos occidentales ya hicieron nido en su cabello, la lluvia, el viento y el sol han golpeado la rígida extensión de sus hombros, y Luca no se mueve. ‘Somos piedra…’ [se dice]”. Quizá el título de la novela se encuentre en un párrafo de la página 395, donde leemos: “El camino de abajo no se parece a lo que Luca esperaba encontrar en Estados Unidos. Pensó que todos los caminos serían anchos como una avenida, pavimentados a la perfección y flanqueados por las luces fluorescentes de las tiendas, y ese camino se parecía al peor camino mexicano que hubiera visto. Tierra, tierra, y más tierra…”

El final de la novela es apoteósico, como se esperaba desde el capítulo 5, pero Jeanine Cummins logró dar al lector promedio de su país lo que ese público busca en la típica novela de este corte: los buenos ganan, los villanos y malvados pagan, el viaje es duro (siempre al borde de la muerte) pero transformador y siempre, siempre después de las grandes tormentas y sus huracanes se posa sobre el pecho de nuestros héroes la calma, la gratitud, el gozo de vivir y algo de lo que en Latinoamérica conocemos muy poco: el famoso fenómeno del “closure” o sea, el arte de cerrar el círculo intenso de una vivencia, una época, una pérdida, o un error garrafal cometido y en cuya experiencia existencial la personalidad se tamiza, se nutre y el ser entero se purifica.

Las piedras imperecederas que al final de la novela conmemoran el sacrificio de los caídos en el viaje nos dejan con la sensación de que por mucho que el mundo cambie, lo esencial y lo que nos engarza al pulso del planeta (sin importar las latitudes, las épocas o las circunstancias) es la capacidad individual de heroísmo y supervivencia con ética, conciencia, y una fortaleza interior más común de lo que imaginábamos cuando nos enfrentamos a los grandes desafíos que nos ponen a prueba.

En ese sentido Tierra Americana abona al tema de la esperanza, un tema digno de Víctor Hugo, Camus o Ernesto Sábato, un tema digno de cada uno de nosotros en medio de tantos temores reales e imaginarios. La valentía y la esperanza son un bien común y son la mitad de la vida. La otra mitad la ponen las circunstancias en las que han de salir a luchar y vencer.

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