Las Flores de Soyapango

«¿Qué se debe pensar en una vela? No se viene a pensar a las velas, mamita, se viene a acompañar y a mirar al muerto en el cajón para convencerse a uno mismo que… pues sí, que, aunque uno no lo crea, el que está ahí metido es el fulanito, que, aunque te jodía, pero… pues sí, lo conocías y le tenías aprecio».

  • Por Abigail Rivera/ psicóloga y escritora/ www.psi.com.sv

La reportera me mira justo cuando pienso en irme. Está entrevistando a la niña Miriam, la abuela de Manuel, cuando me echa la mirada, esa que tienen esos reporteros hijos de puta cuando le quieren caer encima a uno con sus preguntas de mierda. Lo sé, porque cuando estudiaba en la Don Bosco, la 41 E se puso en paro una vez y llegaron del canal cuatro para entrevistar a la gente. Yo iba caminando por la calle que está frente al punto de los buses y la tipa se me quedó viendo desde el otro lado de la calle, y sin pensárselo dos veces se la cruzó corriendo. «¿Y usted qué piensa de la situación actual?», me preguntó. En ese entonces como era todo pendejo, no supe qué responderle. Tenía la cámara y el micrófono en frente. Negué con la cabeza, me acomodé la mochila al hombro y le respondí que estaba mal.  

Imagino que por ahí andan las preguntas de esta reportera y me veo a mí mismo respondiéndole: «¿Qué se debe pensar en una vela? No se viene a pensar a las velas, mamita, se viene a acompañar y a mirar al muerto en el cajón para convencerse a uno mismo que… pues sí, que, aunque uno no lo crea, el que está ahí metido es el fulanito, que, aunque te jodía, pero… pues sí, lo conocías y le tenías aprecio».

Pienso en regresarme y atravesar la muralla que se ha formado alrededor de doña Miriam, para ver una vez más al bichito, pero al ver que la mujer tiene la intención de acercarse a mí, mejor me salgo de una sola vez.

Frente a la entrada me encuentro al Speedy con el pie apoyado en un poste. Lo saludo con la cabeza, él hace lo mismo y fija sus dos grandes ojos de gecko en mí. Los tiene rojos y abajo se le marcan unas grandes ojeras. Lo observo con curiosidad. Siempre anda con los ojos colorados porque tengo entendido que le gusta fumar mota y entrarle al polvo y a la piedra. Pero esta vez no logro distinguir si los anda así por toda la mierda que se ha metido o porque ha estado llorando. Me ve, suplicante. En el fondo realmente quiero ignorar al hijueputa y seguir mi camino, pero decido quedarme unos segundos más.

—Es una puta lástima ¿verdad? —le digo en un intento de hacer conversación. El tipejo baja la mirada y luego asiente moviendo la mandíbula rítmicamente, mascando chicle. 

— ¿Cuántos es que iba a cumplir este año? —le pregunto y me arrepiento de lo pendejo que acabo de sonar. Quejándome de los reporteros y yo también haciendo preguntas pendejas.

—Nueve—me dice, alzando la mirada.

Se cruza de brazos y ve para otro lado. No sé qué hacer realmente, se me ocurre acercarme y tocarle el hombro, pero en lugar de eso me quedo parado ahí, viéndolo como si soy pendejo. ¿Qué puedo hacer? Yo ya lo dije, a las velas se viene a acompañar, dar el pésame, dar un medio vistazo al muerto y de ahí… uno se va a la mierda. Cuando alguien termina en una caja de la forma en que terminó Manuel, lo mejor es venir al mandado e irse lo más rápido posible.

Le invitamos a darle seguimiento a este cuento largo escrito por Abigail Rivera.

Abigail Rivera

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