“Un alto perfil público a nivel internacional, no puede perder la cordura”

Hacerse cargo, rectificar y disculparse es de sabios.

  • Por Ario E. Salazar

A estas alturas del juego todo indicio de linchamiento público y matonería es repudiable. Ya padecimos demasiado de esos dolores donde juez y parte
se absuelven antes o después de perpetrar barbaridades.
La magnificación de una sola personalidad mesiánica, la prostitución del ejército y de la policía nacional civil, mancornado a tretas de manipulación emocional y yijadistas en masa, más la mentira de hacernos creer que es el pueblo el que se subleva para hincar y darle fuego a la asamblea legislativa, son cosas típicas de caudillos y sátrapas que nada, ni una sola partícula
subatómica siquiera, tienen que ver con el ideal de lo ganado a fuer de tantos sacrificios: la oportunidad de construir la democracia en el país. Es consabido, el ideal democrático ha sido siempre el ideal del pueblo por el que mucha conciencia ya ofrendó su vida a través del oscurantismo dictatorial, la guerra civil, y aún a través de la posguerra.

Todos somos falibles y cometemos errores. Hacerse cargo, rectificar y disculparse es de sabios.
Ser presa de su propio frenesí y montar berrinches internacionales es un grave error que cualquier funcionario público en el mundo es capaz de cometer, no cabe duda. Todo ello tiene remedio. Hay cosas, sin embargo, a un tiempo públicas e íntimas que no tienen arreglo. Orar con el corazón envenenado no es ni de judíos, ni de moros, ni de cristianos, mucho menos de materialistas dialécticos o de ídolos del siglo XXI, de todo un autoproclamado influencer. Un alto perfil público a nivel internacional no puede perder la cordura, los protocolos, el garbo.

Siempre se está en la mira en un juego de dioses y semidioses envidiosos, mezquinos, egoístas. Por eso es preferible ser pueblo, pequeño, de a pie: mortal. Estulto es quien embriagado de sí mismo no sepa que la plegaria es una entrevista mística e íntima entre Dios y una de sus ínfimas criaturas, aquella que conscientemente elije someterse a la divinidad ilímite para crear un instante, un nexo eterno en donde el alma se desata de la materia temporal para unirse en luz y energías vivas con la fuente de vitalidad, sabiduría, y comunión armónica que rige al universo, si de veras hay convicción y coraje para salir del mundo… fusionándose hasta lo profundo con lo que se pide para causar el milagro inmerecido. Quien causa un milagro abre caminos para la humanidad. Hasta los científicos cuánticos dan fe de esto, de la transfiguración de las personas al trascender los límites de lo corpóreo a través de la plegaria, del concéntrico poder de la bondad,
el perdón y la sanación concentrada en un rezo. Y esto es así, porque orar es salirse de sí mismo, negarse a sí mismo, trascender tiempo, espacio, mezquindades, dolores, y demás ensimismamientos y cotidianeidades.

El acto sagrado e inmemorial de hablar con la divinidad no puede ser una patraña pública, electorera, onerosamente televisada (¡en la noche de los Óscares para mayor desparpajo!) con el envenenado afán de alguien que por caprichos políticos reza antes de amenazar de muerte constitucional a sus enemigos en las próximas elecciones. Esa burda mezcla de lo sacro revuelto con lo profano vergüenza nacional y ajena ha de provocar.
Peor aún, cerrar los ojos y alzar las manos al cielo en busca de la voz de Dios, pidiéndole los deformes trofeos de una desubicada megalomanía política lo único que logra es revelarle al mundo entero el descarado complejo de mesías díscolo y tropicalizado que se profesa, algo totalmente impropio de un hombre de fe que además funge como jefe de estado.

Eso indigna, por muy desmerecida o débil que sea la democracia en la que ese jefe de estado haya sido elegido. Más que un insulto a sí mismo, ese tipo de numeritos párvulos son un irrespetuoso insulto al pueblo y a todos los círculos al que perteneciere tal susodicho elegido, sin importar sus latitudes.

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