El poder no sólo embriaga y corrompe: también distorsiona

No hay que perder las brújulas del diálogo y las soluciones por consenso.

  • Por Ario E. Salazar

Todo tiene su ascendiente y sus descendientes, también los elegidos y sus seguidores.
Barruntemos. En su humillante intento de endiosarse a perpetuidad en el poder ni la izquierda ni la derecha salvadoreña se pusieron a calcular el gravísimo daño que se causaban a sí mismos, a esa nueva clase privilegiada mal llamada la clase política. Tampoco se pusieron a meditar en el
mal que le causaban a la recién ganada democracia del país cuando su agenda política se desvinculó del bien común y del trabajo en conjunto para sacar a la patria de la fosa de ruinas y desesperanza generalizada, recién entrados los años noventa. Ninguno de ellos nos afilió a la esperanza, como había recomendado Roque. Utilizados fuimos con ese lema. Nadie de estos
señores y señoras, ahora todos muy respetables, nos convidó a transformar la realidad de raíz, de fondo, como predicaba Ellacuría, ni se nos invitó a colaborar en la creación de vehículos para revolucionar a la patria, con una indómita y marcada preferencia por los pobres y la clase trabajadora. Convencidos de que marginando a la sociedad civil para poder robarle el cien por ciento del país al pueblo, ateniéndose a montar altos muros de corrupción y el fortalecimiento del hampa, de leyes que les privilegiaban, de dádivas que disfrazaban la violencia y su origen (la pobreza), convencidos de que la impunidad, el clientelismo y las ahora conocidas negociaciones ilícitas los volverían semidioses, materia intocable, hoy se sienten vulnerados más allá de lo impredecible, violados y vejados, tal cual el pueblo mismo se ha sentido por más de tres décadas, y no dan crédito a lo que ven sus ojos: el espectro y realidad de un Frankenstein político que
ellos mismos diseñaron y al cual ellos mismos, con su propio aliento, dieron el soplo de vida necesario para que los despedazara.

Es la misma pócima que dieron a beber a los jóvenes desorientados y sin recursos de la posguerra para cimentar el problema de las pandillas. Menudo trabajo de la doble mampostería ideológica salvadoreña con un mismo resultado: el jaque mate a su reinado con un repudio cruel, imperecedero. A pesar de dichos secretos a voces, los errores y distorsiones de los corruptos en el gobierno son corregibles a través del voto maduro y revolucionario del pueblo acendrado en su democracia. El poder no sólo embriaga y corrompe: también distorsiona.

Cabe recordarle al señor presidente que no estamos en tiempos de las ciudades-estados Mayas, y que las tentaciones de arrancarle el atavío, las orejeras y el cetro de poder a sus enemigos, para luego ponerles un turbante de papel (y adornos de papel en los oídos y las pectorales) antes de decapitarlos en la plaza frente a su séquito de teócratas convencidos, no es el proceso de purga y fortalecimiento de nuestra época y nuestra democracia. Aunque sea al margen de la galaxia cultural y a trastabillones cosmopolitas, ya somos parte de occidente y de su modernidad.

La lucha del pueblo por llegar a la democracia nos sumó al concurso de las demás naciones y nos ha dado un pequeño lugar en la historia. En este sentido las alarmas de la opinión pública nacional e internacional son el sensato llamado a replantearse los problemas del gobierno, que son difíciles de resolver; a resarcir con humildad lo que haya que resarcir, y a no perder las brújulas del diálogo y las soluciones por consenso. La soberbia y la prepotencia, por lo general, sólo engendran catástrofes y tragedias.
Con su voto el pueblo no elige gobernantes, sino que pone en movimiento una esperanza, desde siempre, y siempre termina burlado.

En su comprensible sufrimiento y hartazgo, el pueblo salvadoreño le ha conferido, de su libre albedrío, el voto de esperanza al ciudadano Bukele,
fallando quizá en calcular que el precio a pagar, la medicina amarga de la que él habla, iba a llevar al país de nuevo a tener una imagen sórdida, viva, tangible de la era hostil de los gorilas y los trogloditas que, desde la independencia hasta el final de la guerra civil, gobernaron el país.
Aunque esas imágenes del pasado sean imborrables, muchos de nosotros habíamos almacenado eso en los sótanos de la memoria como una etapa, una mala pasada que ya todos creíamos superada, algo para ser contado alrededor de una fogata por las abuelas o por algún viejo lobo de mar (como parte de la mitología cuscatleca) en noche de brujas, a lo más. Por eso quien celebre las turbas del poder ejecutivo, vitoreado mientras se desplaza con un innegable mensaje de metralletas, atropellos y amenazas de piedra y garrote dirigidas a la frágil institucionalidad de este inverosímil país, está condenado a vivir su vida en sentido contrario, del lado equivocado
del péndulo de la ley y de la historia.

Espere la tercera entrega de este artículo escrito por Ario E. Salazar.

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