Sobre “Tiempos recios” de Mario Vargas Llosa, Parte I I

“Repartir la pobreza no trae riqueza a nadie y sólo contribuye a universalizar la pobreza”.

Por Ario E. Salazar

Como hemos mencionado, el capítulo VII es problemático, porque intenta un juego literario que a mi parecer no funciona, una mezcla del diálogo interior faulkneriano y lo hallado en aquel famoso capítulo 34 de Rayuela, donde Cortázar crea uno de los más originales juegos literarios (¡tiene tantos esa novela!) al criticarle Oliveira a la Maga el tipo de novelitas mal escritas que lee, y así, entreverando verbatim las líneas de la novela defenestrada con la crítica hecha, logra un efecto lúdico espectacular, propio de Rayuela.

El tono y el ritmo de la novela de Vargas Llosa no tiene nada lúdico, es más bien policial, dramático, machista, violento, solemne. Ese capítulo VII no pertenece. Es como un pingüino buscando su entorno entre las selvas del Petén. Al no encajar bien ese juego en donde intenta Vargas Llosa mostrarnos la conversación más importante entre Trujillo y Johnny Abbes García, su matarife, su hombre fuerte de confianza, le perdemos el hilo, el ritmo, el punto al relato. Y eso es así porque sin previo aviso ¡por ocho veces! abusa el autor del recurso de la analepsis desorganizada a través de la cual el lector debe establecer las razones subjetivas, interiores, del porqué de la megalomanía desenfrenada de Trujillo para con el coronel Carlos Castillo Armas, y las fatales consecuencias de dicha megalomanía en el plano de la novela.

Peor aún, hubiera funcionado más el juego si no se hubiera fisionado tanto el capítulo (estructurado de manera insólita), y si en vez de centrar el supuesto agravio sobre la prometida y después denegada Orden del Quetzal se hubiera resaltado más la envidia real de Trujillo al saber que Nixon había visitado exclusivamente a Guatemala, en 1955 y como Vicepresidente, para felicitar a Castillo Armas en persona y en nombre de los Estados Unidos por ser el héroe anticomunista indiscutible, número uno, en toda América Latina, lo cual sí le ardió en el amor propio a Trujillo. A parte de eso, Castillo Armas no le pagó de ningún modo el préstamo otorgado para que Castillo Armas emprendiera su expedición “liberacionista”.

Es curioso también notar que para ejemplificar las repercusiones del derrocamiento de Árbenz entre jóvenes cadetes de la escuela militar, Vargas Llosa eche mano de un personaje ficticio, casi de utilería podríamos decir, como Crispín Carrasquilla, en el capítulo XXXI de la novela. Aquí sucede una transfiguración, una transformación parecida a la que él mismo dice que sucedió a Julio Cortázar cuando éste se pasó a las filas de la izquierda a los cincuenta y cuatro años de edad en aquel mayo francés del 68.

Lógicamente el personaje termina muerto como resultado del repente experimentado en su bautizo de fuego que lo lleva al centro del patriotismo embromado y su enturbiada política. Es casi como un relleno que cumple con diferentes propósitos en la estructura de la novela, pero nos deja con la amarga sensación de que un personaje lamentablemente desaprovechado es el del supuesto asesino de Castillo Armas, el soldado Romeo Vásquez Sánchez, quien no dejó una carta o una nota de suicidio, como nos lo hace ver Vargas Llosa en la novela, y lo cual es un hecho histórico verificable. El cuestionable asesino supuestamente dejó todo un diario ficticio, y se alega que ahí había consignado sus intenciones, ideas e idearios comunistas mezclados con cuestiones místicas, espiritistas, y un profundo romanticismo hacia una novia imaginada a la que sólo había visto una vez por las calles de su pueblo.

Este personaje de la vida real es verdaderamente complejo, enigmático y misterioso, perfecto para la atmósfera de la novela, y se prestaba para mucho más que un plumazo. En las investigaciones del caso, hechas por los peritos guatemaltecos de la época, siempre quedó la espinita de que no había sido él quien asesinó a Castillo Armas, y que quienes conspiraron contra el coronel se sirvieron de él únicamente, creando la ilusión de que Vásquez Sánchez se suicidó, con su propio fusil, después de consumado el magnicidio. En los archivos oficiales del ejército, se ve en las fotos del cadáver un corte de cuchillo en el cuello, y las medidas del fusil no suman con las de las extremidades de este supuesto hechor, concluyéndose que no pudo haberse matado a sí mismo.

En la novela Vargas Llosa hace que -en el capítulo XII- Enrique Trinidad y Oliva lo despache de la trama con un balazo de pistola (calibre no identificado) y con la eficiencia de un silenciador. Los documentos forenses hablan de un fusil alemán, de alto calibre, que le partió en dos el cráneo, no de un balazo de bajo calibre, de pistola. Soluciones de novelista, aceptamos, para atornillar la marcha y seguir en la ruta del fatal desenlace de la novela donde al menos uno de los malos recibe su merecido: Johnny Abbes García.

Quizá lo más inaudito de la novela es la deplorable decisión que toma Vargas Llosa de recordarnos lo que menos nos importa de él: sus opiniones políticas y su fantasiosa versión de los destinos frustrados de América Latina.

La visión con la que remata la novela Vargas Llosa es la de un mundo paralelo en el que sin la intervención del “pulpo” (la United Fruit Company) y “la madrastra” (la CIA) Guatemala hubiera florecido imperturbablemente en sus sueños de reformar su sociedad a través de las libertades democráticas, la justicia social, y la prosperidad extendida a todos los guatemaltecos sin discriminación. En el epílogo, que es y no es ficción, el autor deja entrever que sin el desacierto de esas fatídicas eminencias grises, el progreso económico y la historia democrática de Centro América y América Latina, por consecuencia, se hubiera consumado con décadas de adelanto, sin miles y miles de muertos y resentidos sociales; sin la radicalización socialista y dictatorial de Cuba, o sea, sin fidelismos ni sandinismos en el continente. Quizá Somoza y todos los dictadores de la región, inclusive Trujillo, se hubieran ablandado de corazón e inspirado en la noble y humanista gesta de Árbenz. Ese Árbenz de Vargas Llosa se parece mucho al Hayek que él mismo nos muestra en su más reciente libro de ensayos:

La llamada de la tribu. Ahí el autor de Tiempos recios nos endilga lo siguiente:
“Repartir la pobreza no trae riqueza a nadie y sólo contribuye a universalizar la pobreza. La libertad, nos dice Hayek, es inseparable de una cierta desigualdad. Lo que cabe precisar es que, para ser éticamente aceptable, esa desigualdad sólo debería reflejar aquellas diferencias de talento y esfuerzo… y no resultar en caso alguno del privilegio ni de cierta forma de discriminación o injusticia.”

Parece ser que la política, en cualquier tiempo, también puede sufrir de sofismas y literatura. El lamentable epílogo de Tiempos recios así nos lo insinúa.

A.E.S.
Estado de Washington
Diciembre de 2019

Ario E. Salazar – (Chalchuapa, El Salvador, 1973 – ) Escritor polígrafo que se dedica a la poesía, el ensayo, el cuento, y la crítica literaria. Autor de “Ariodicciones” (Editorial Horizonte 21, 1997, Washington D.C.) y
“El amor de los padres y otros poemas” (Editorial Ala de Colibrí, 2014, Seattle). Reconocido gestor cultural de la diáspora, a la cual ha representado en diversos festivales de poesía en Centro América, y en los EE.UU. donde reside.

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